Necesitaría una silla. La soga ya la tenía cerca, tuvo que utilizarla para cargar el piano antiguo que le dejó la abuela a su sala. Vivir en un 10mo piso nunca fue fácil, hay mucho por subir y es difícil, y los temblores se sienten peores. Caminó al comedor y jaló la 8va silla, una de las que daba como cabecera de la mesa. Nunca comprendió por qué tenía una mesa tan grande cuando solo estaba él entre esas paredes, una soledad multiplicada en objetos.
Rayó un poco el piso al arrastrarla. Estaba recién lustrado. María, la chica que ayudaba a limpiar, había hecho un magnífico trabajo. Podía verse reflejado en ese parquet reluciente, brillante. Podía verse y dadse cuenta por la expresión de su cara, que sería la última vez que se vería reflejado, la última desde sus ojos.
Tenía lámparas colgadas del techo. No eran frágiles, por lo que podían sostener su peso. Ya se habían colgado de ahí numerosas piñatas de los pasados cumpleaños de sus hijos, un par de gemelos hermosos, 9 años, incomparables. Acomodó la cuerda. Una vuelta, dos vueltas. Un nudo, dos nudos. Dejó el tamaño perfecto para su cabeza. Jalaba la silla cuando echó a llorar. A lo lejos estaba la foto sonriente de su familia. Estaba Camila, su linda esposa, Matías y Miguel, los gemelos hermosos. Lloraba de desdicha, lloraba de pena. Lloraba de frustración y de sufrimiento. Lloraba de dolor, de necesidad y de extrañar tanto. Lloraba de haberlos morir, y de desearlos tanto.
Quería irse. Quería partir. No entendía para qué más iba a continuar aquí. Para qué más iba a tratar de vivir, cuando toda su vida se acababa de ir, acababa de dejar de latir, acababa de morir. ¿Para qué estar presente en cuerpo cuando no se está en alma? Nada tenía sentido. Acomodó la silla. Seguía llorando. Seguía gritando. Seguía parado. Seguía saltando. Seguía sufriendo. Seguía agonizando. Seguía sintiendo. Dejó de latir. Dejó de sufrir. Dejó de vivir. Comenzó a sonreír.
13.8.12
12.8.12
29.7.12
El inicio de la soledad.
Hay una muerta sentada a la vuelta de la esquina. Dicen que esperaba el amor. Llevaba un polo color blanco, una casaca verde con capucha negra, jeans anchos y rasgados en las rodillas, Converse negras. Era una chica cualquiera.
Su cabello caía lentamente sobre su rostro, lo llevaba un poco corto. Su espalda daba a la pared donde se apoyaba mientras esperaba, y sus piernas parecían pegadas, como para no pararse y escapar. Posición fetal.
Las pulseras que llevaba en las muñecas tenían sus propias historias. Viajes interminables en la memoria, mujeres que nunca completaron su amor, amistades que la hacían reír, y sueños que buscaba alcanzar. Posición fetal.
En su bolsillo llevaba un celular. Entraba a cualquier red social para distraerse, para enamorarse, para perderse, para encontrarse; entraba para comunicarse, para aprender, para perder, para luchar. Entraba para morir, mientras esperaba en una esquina el momento para vivir.
Llevaba los ojos cerrados. Una sonrisa muy rígida, muy serie, muy triste. Aún podía notarse un pequeño camino desde sus ojos. Lágrimas secas. Puro llanto. Decían que esperaba al amor, mientras tomaba fotos de todo lo que había a su alrededor. Decían que esperaba al amor, mientras twitteaba al vacío lo que otros hacían, lo que otros vivían, lo que otros veían. Decían que esperaba al amor, mientras ella buscaba cómo deshacerse del dolor. Decían que buscaba, mientras ella se desubicaba. Decían que buscaba, mientras ella sola se encerraba. Decían que lloraba, mientras se escondía en la sombra de una búsqueda eterna, una búsqueda de muestra, de una búsqueda que la dejaría muerta.
Decían que era ella, la que buscaba un buscador, un orador, una señal que le permitiera pensar en volver a sentir, en no huir, en querer combatir. Decían que era ella, la que por las noches gritaba en silencio, la que por el día bailaba sentada. Decían que era ella, la que lavaba sus zapatillas con sus lágrimas, la que abrigaba al gato con su casaca.
Decían que se murió. Que un día volvió a enamorarse, pero el corazón no resistió. Llevaba una flor entre las manos. Un tallo de espinas con una rosa en la punta. Manos ensangrentadas. Dicen que nunca dejó de sangrar. El día que la tuvo en sus manos, las espinas se clavaron. No volvió a sacarlas, no volvió twittear, no volvió a bailar ni a gritar. Ella se dedicó a llorar. Hasta que de tanto sangrar, murió de amor. En posición fetal.
Dicen que no tenía nombre, pero algunos la llamaban So, como el gran inicio de la soledad.
Su cabello caía lentamente sobre su rostro, lo llevaba un poco corto. Su espalda daba a la pared donde se apoyaba mientras esperaba, y sus piernas parecían pegadas, como para no pararse y escapar. Posición fetal.
Las pulseras que llevaba en las muñecas tenían sus propias historias. Viajes interminables en la memoria, mujeres que nunca completaron su amor, amistades que la hacían reír, y sueños que buscaba alcanzar. Posición fetal.
En su bolsillo llevaba un celular. Entraba a cualquier red social para distraerse, para enamorarse, para perderse, para encontrarse; entraba para comunicarse, para aprender, para perder, para luchar. Entraba para morir, mientras esperaba en una esquina el momento para vivir.
Llevaba los ojos cerrados. Una sonrisa muy rígida, muy serie, muy triste. Aún podía notarse un pequeño camino desde sus ojos. Lágrimas secas. Puro llanto. Decían que esperaba al amor, mientras tomaba fotos de todo lo que había a su alrededor. Decían que esperaba al amor, mientras twitteaba al vacío lo que otros hacían, lo que otros vivían, lo que otros veían. Decían que esperaba al amor, mientras ella buscaba cómo deshacerse del dolor. Decían que buscaba, mientras ella se desubicaba. Decían que buscaba, mientras ella sola se encerraba. Decían que lloraba, mientras se escondía en la sombra de una búsqueda eterna, una búsqueda de muestra, de una búsqueda que la dejaría muerta.
Decían que era ella, la que buscaba un buscador, un orador, una señal que le permitiera pensar en volver a sentir, en no huir, en querer combatir. Decían que era ella, la que por las noches gritaba en silencio, la que por el día bailaba sentada. Decían que era ella, la que lavaba sus zapatillas con sus lágrimas, la que abrigaba al gato con su casaca.
Decían que se murió. Que un día volvió a enamorarse, pero el corazón no resistió. Llevaba una flor entre las manos. Un tallo de espinas con una rosa en la punta. Manos ensangrentadas. Dicen que nunca dejó de sangrar. El día que la tuvo en sus manos, las espinas se clavaron. No volvió a sacarlas, no volvió twittear, no volvió a bailar ni a gritar. Ella se dedicó a llorar. Hasta que de tanto sangrar, murió de amor. En posición fetal.
Dicen que no tenía nombre, pero algunos la llamaban So, como el gran inicio de la soledad.
4.7.12
¿Con qué ganas, Perú?
¿Con qué ganas he de vivir, en un país donde el gobierno mata a su pueblo?
¿Con qué ganas he de vivir, en un mundo donde el dinero vale más que una vida?
¿Con qué ganas he de vivir, cuando las balas vuelan a cambio de un billete?
¿Con qué ganas he de vivir, si quien debería proteger, es quien agrede?
¿Con qué ganas he de vivir, si el diálogo es utópico y la violencia es quien realmente gobierna?
¿Con qué ganas he de sonreír, cuando a mi lado llora una madre que tuvo que ver a su hijo morir?
¿Con qué ganas he de sonreír, cuando los gritos se vuelven un cantar, y las bombas una penosa banda sonora?
¿Con qué corazón, Perú, he de latir, si nuestra tierra se mancha de sangre inocente?
¿Con qué pulmón, Perú, he de respirar, si nuestro cielo se cubre un gran humo gris?
¿Qué ganamos, Perú, si sólo nos vemos morir?
¿Con qué ganas he de vivir, en un mundo donde el dinero vale más que una vida?
¿Con qué ganas he de vivir, cuando las balas vuelan a cambio de un billete?
¿Con qué ganas he de vivir, si quien debería proteger, es quien agrede?
¿Con qué ganas he de vivir, si el diálogo es utópico y la violencia es quien realmente gobierna?
¿Con qué ganas he de sonreír, cuando a mi lado llora una madre que tuvo que ver a su hijo morir?
¿Con qué ganas he de sonreír, cuando los gritos se vuelven un cantar, y las bombas una penosa banda sonora?
¿Con qué corazón, Perú, he de latir, si nuestra tierra se mancha de sangre inocente?
¿Con qué pulmón, Perú, he de respirar, si nuestro cielo se cubre un gran humo gris?
¿Qué ganamos, Perú, si sólo nos vemos morir?
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23.6.12
10mo piso
Cogió el cepillo de dientes y lo llenó de pasta. No quería volver a soñar. No quería volver a ilusionarse, despertar y ver la mentira al rededor suyo una vez más. No quería seguir sintiendo que sí importaba, cuando eso no se mostraba en las acciones de los demás. Se cepillaba, arriba, abajo, de costado, la lengua, todos los dientes, una vez más.
Volvió a pensar. Había despertado por última vez del único lugar donde ella podía verse feliz, sin críticas, sin prejuicios, sin amores escondidos. No quería volver a caer en los gritos y los rencores, en los odios y desamores, en las iras y esas reacciones. Volvió a enjuagarse.
No había suficiente espejo que refleje su tristeza, ni suficiente luz para que la opaque. No habían suficientes paredes para que se golpee, ni suficientes puertas para que se escape. Estaba atrapada. Su mente la perseguía y los recuerdan la invadían. ¿Habrá más por soñar?. Colgó la toalla.
Una tostada con mermelada, una canción en silbidos, otra tarareada. Un bus que pasaba muy rápido, otro que iba muy despacio; subió. No veía qué había por venir, no sentía nada para sonreír. No veía el cielo más que de un color gris, y la vida opaca, oscura, como una sombra proyectada.
"Es sólo un largo camino" decía ella. "Es sólo un recorrido más, para realmente llegar al final". Esperaba su meta, su fin, su puerta de salida. Y corría y corría, no quería perder la maratón. Mientras más rápido se iba, menos iría a sufrir. ¿Corría? Sólo entendía que en la maratón, no corría el amor. Bajó en la siguiente parada.
Cruzó una pista, cruzó varias más. Cruzó pistas que siempre ve cruzar, caminó por el lugar donde siempre suele caminar, repitió su rutina. "¿En qué momento salió el sol?". Era otro invierno extraño en Lima, invierno de sol y calor. Notó a la gente extraña. Gente inquieta. Gente desubicada. No entendía qué pasaba. ¿Reflejaban su tristeza ellos también? Locura, quizá. O un simple ventana vista desde el otro lado.
La ventana del 10mo piso le pareció la mejor. Inspiraba temor, inspiraba ardor, inspiraba rencor, dolor, y quien sabe quizá un poco de amor. Su cabeza daba vueltas, pero siempre sin dejar de observar para afuera, para abajo, para el siempre. Nadie vio la ventana abierta ni el momento en que lo decidió. Nadie vio a las aves ni a su corazón. Nadie preguntó, nadie cuestionó, nadie se sorprendió. Nadie la encontró.
Volvió en sí, por fin está lista para sonreír.
Volvió a pensar. Había despertado por última vez del único lugar donde ella podía verse feliz, sin críticas, sin prejuicios, sin amores escondidos. No quería volver a caer en los gritos y los rencores, en los odios y desamores, en las iras y esas reacciones. Volvió a enjuagarse.
No había suficiente espejo que refleje su tristeza, ni suficiente luz para que la opaque. No habían suficientes paredes para que se golpee, ni suficientes puertas para que se escape. Estaba atrapada. Su mente la perseguía y los recuerdan la invadían. ¿Habrá más por soñar?. Colgó la toalla.
Una tostada con mermelada, una canción en silbidos, otra tarareada. Un bus que pasaba muy rápido, otro que iba muy despacio; subió. No veía qué había por venir, no sentía nada para sonreír. No veía el cielo más que de un color gris, y la vida opaca, oscura, como una sombra proyectada.
"Es sólo un largo camino" decía ella. "Es sólo un recorrido más, para realmente llegar al final". Esperaba su meta, su fin, su puerta de salida. Y corría y corría, no quería perder la maratón. Mientras más rápido se iba, menos iría a sufrir. ¿Corría? Sólo entendía que en la maratón, no corría el amor. Bajó en la siguiente parada.
Cruzó una pista, cruzó varias más. Cruzó pistas que siempre ve cruzar, caminó por el lugar donde siempre suele caminar, repitió su rutina. "¿En qué momento salió el sol?". Era otro invierno extraño en Lima, invierno de sol y calor. Notó a la gente extraña. Gente inquieta. Gente desubicada. No entendía qué pasaba. ¿Reflejaban su tristeza ellos también? Locura, quizá. O un simple ventana vista desde el otro lado.
La ventana del 10mo piso le pareció la mejor. Inspiraba temor, inspiraba ardor, inspiraba rencor, dolor, y quien sabe quizá un poco de amor. Su cabeza daba vueltas, pero siempre sin dejar de observar para afuera, para abajo, para el siempre. Nadie vio la ventana abierta ni el momento en que lo decidió. Nadie vio a las aves ni a su corazón. Nadie preguntó, nadie cuestionó, nadie se sorprendió. Nadie la encontró.
Volvió en sí, por fin está lista para sonreír.
22.6.12
El reflejo.
Se cansó de esperar a un príncipe azul. Se enamoró de las curvas ante un espejo. Se enamoró de los labios, los ojos y los cabellos. Se enamoró de la piel, de los senos y los pezones. Se enamoró de lo que reflejaba al verse, de la mujer, de la princesa interna. Se cansó de imaginar a un príncipe azul, sobre todo porque nunca estuvo ahí, nunca lo pensó, nunca lo sintió, nunca se confió. Se enamoró del reflejo del espejo, de las diosas en un mundo de mortales.
Mujeres.
Una princesa en los ojos de otra.
7.12.11
¿Valdrá la pena?
Y entonces se pregunta... ¿Valdrá la pena?. ¿Valdrá la pena destruír una imagen que se ha creado a lo largo de tantos años? O quizá, puede que esté exagerando, no será una imagen destruída, será sólo una imagen aceptada. ¿Valdrá pena, entonces, continuar llorando en el rincón? Entre lágrimas de lástimas y golpes de rencores; su sangre se esparce por el frío suelo de la sala. ¿Valdrá la pena volver a ocultar la luna? ¿Valdrá la pena volverse un sobreviviente? Puede ser un héroe, puede ser un villano, puede ser su propio fracaso o la sombra de sus zapatos. ¿Valdrá la pena cerrar los ojos eternamente y olvidar las voces? No camina derecho, no se siente perfecto. Mira hacia una puerta y no ve la salida, sólo ve el seguro que lo mantiene encerrado. Encerrado en su mente, encerrado en su desdicha, encerrado en su propio lodo y desesperación. ¿Valdrá la pena?. Arrastra los pies y se resbala de a pocos con la sangre; se vuelve inútil, imbécil, un idiota. Llega al espejo y vuelve a llorar. ¿Qué he hecho?, se pregunta, mientras mira el rastro de desastre que dejó detrás de él. No hay vida suficiente para mentir, no hay vida suficiente para sonreír. Sus días terminaron en una pregunta y se consumieron en una acción, su sangre continúa en la sala, y su alma simplemente ya partió.
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